¿Quiénes Somos? ¿Somos lámpara o somos vela?

En la historia humana han existido seres cuya presencia ha sido una fuente de luz para los demás. Hombres y mujeres que, con sus palabras, su ejemplo o su sacrificio, han disipado tinieblas de ignorancia, injusticia o desesperanza. Cada uno de ellos, a su manera, dejó una huella luminosa, y nos obligan hoy a hacernos una pregunta esencial: ¿somos lámpara o somos vela?

Pensemos en Sócrates, aquel filósofo ateniense que con sus preguntas encendía la conciencia de los jóvenes de su tiempo. No ofrecía respuestas fáciles; su luz consistía en enseñar a pensar, a cuestionar, a buscar la verdad por sí mismos. Su método, la mayéutica, no brillaba para exhibirse, sino para despertar en otros la chispa interior de la razón. Sin embargo, su luz lo llevó a la muerte: el Estado lo consideró peligroso y lo obligó a beber la cicuta. Sócrates fue lámpara para muchos, pero también vela que se consumió en su misión.

Otro ejemplo es Mahatma Gandhi, quien, con una fuerza moral inquebrantable, iluminó a toda una nación esclavizada por la dominación extranjera. Su luz no era violenta ni impositiva; era el reflejo de una convicción interior que predicaba la resistencia pacífica y el poder de la verdad. Gandhi fue una lámpara que mostró un nuevo camino, pero también una vela que se desgastó a sí misma por el bien común, consumiéndose lentamente en la lucha hasta su trágico final.

Pero, sobre todos, está Jesús de Nazaret, la manifestación más pura de la luz divina en la historia. Su vida terrenal fue un faro que mostró el amor incondicional, la compasión y la verdad. No solo iluminó el camino de los oprimidos y pecadores, sino que encendió en ellos la posibilidad de ser también portadores de esa luz. ¨Él es la luz, su resplandor lo llevó a la cruz, que se entregó por completo para que el mundo no permaneciera en tinieblas. Pero a diferencia de las velas humanas, su luz no se extinguió; se multiplicó en millones de almas que aún hoy intentan seguir su resplandor.

En nuestra existencia diaria, todos de algún modo estamos llamados a iluminar. Algunos lo hacen desde el servicio, otros desde la palabra, otros desde el ejemplo silencioso, unos siendo buenos esposos, otros siendo buenas esposas, amigos, mentores, u otros. Pero en esa misión surge una tensión: ¿podemos alumbrar sin perdernos, o necesariamente debemos consumimos en el proceso?

La lámpara proyecta luz constante porque se alimenta de una fuente externa: la electricidad, el aceite o el fuego que la sostiene. No se destruye al alumbrar; se mantiene útil mientras su fuente permanezca activa. La vela, en cambio, se consume a sí misma para dar luz. Su brillo es hermoso, cálido, incluso romántico, pero finito. Cuanto más alumbra, más rápido se derrite.

Entonces, la reflexión es inevitable:
¿Estamos siendo lámparas que, sostenidas por una fuente interior (Dios, la fe, el propósito, la verdad), iluminamos sin perder nuestra esencia?
¿O somos velas que entregan su ser hasta desaparecer, dejando tras sí el aroma del sacrificio, pero también el vacío de su pérdida?

Quizás la verdadera sabiduría esté en ser ambas cosas. Ser vela, porque amar y servir implica siempre un grado de entrega y sacrificio. Pero también ser lámpara, porque quien se alimenta de una fuente divina e inagotable puede seguir brillando sin extinguirse.

El mundo necesita luces, no sombras. Pero también necesita luces duraderas. Por eso, pregúntate al cerrar los ojos esta noche o al abrirlos mañana:

¿La luz que das te consume o te sostiene?

¿Eres lámpara… o eres vela?

¿Eres luz para todos o tu luz es a costa de desvanecerte por complacencia?

 

Yo solo pregunto

 

Hablamos ahorita.

 

 

Samuel Mercedes Shephard


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