Barbas Al Remojo; Lawfare, Constitución, DEA…
En el pueblo donde la lluvia cae con puntualidad de sentencia y el correo nunca llega, los hombres aprenden a vivir de la espera. Allí, como en la atmósfera densa de El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez, la esperanza es una costumbre peligrosa: se cultiva, aunque no haya cosecha y se alimenta, aunque no haya pan.
Durante años, el coronel aguardó una carta que debía confirmar su dignidad. Nunca llegó. El pueblo entero sabía que esa carta no vendría; el único que no lo sabía (o no quería saberlo) era él. Algo parecido ocurrió cuando anunciaron, casi en susurros burocráticos, el cierre de la oficina de la Administración para el Control de Drogas (DEA) en Santo Domingo. De pronto, los tertulieros comenzaron a florecer como almendros en marzo. “Se veía venir”, dijeron, dicen y dirán algunos de ellos. “Era cuestión de tiempo”, afirmaron otros. Todos parecían haber sabido lo que se estaba tejiendo en las sombras del telar diplomático, por no decir en el submundo del enriquecimiento ilícito. Todos, menos el Santiago Nasar de esta historia. Lo crítico sería que nadie lo avisó al presidente, a menos que él, le haya dado el mismo tratamiento que a los consejos de Antoliano P.
Porque en cada pueblo hay un Santiago Nasar. El hombre que camina por la plaza sin sospechar que la conversación se ha detenido a su paso. El que no advierte que la sentencia ya fue escrita en tinta invisible. En la novela de otro latinoamericano, el asesinato era un secreto a voces; aquí, el cierre fue un silencio ensordecedor. Y como en aquellas páginas donde todos sabían lo que iba a ocurrir, menos la víctima, también ahora muchos juran que conocían el desenlace, aunque nadie levantó la mano cuando aún era tiempo de hacerlo. En la Biblia dirían; falló el Atalaya.
La clausura temporal de la DEA en la capital dominicana no es un simple acto administrativo; es un símbolo. Es el portazo de un aliado estratégico que, con diplomacia o con disgusto, decide replegarse. Y cuando un gigante recoge sus papeles, no lo hace sin antes haber tomado notas.
Mientras tanto, la opinión pública observa otro escenario: el ejercicio vigoroso (para algunos, desmedido) del poder punitivo por parte de la Procuraduría General de la República. La lucha contra la corrupción es una deuda histórica, y nadie sensato podría negar su urgencia. Pero en toda cruzada hay una línea fina entre la justicia y el espectáculo, entre la firmeza y el exceso, por no decir; “Abuso de Poder”.
Insospechablemente, el caso de Jean Alain Rodríguez se ha convertido en una suerte de espejo. Para unos, representa el rostro necesario de la rendición de cuentas; para otros, el ejemplo de un poder que, si no se contiene, puede terminar por devorarse a sí mismo. La historia enseña que los excesos no suelen quedar archivados en el expediente doméstico: viajan, se comentan, se evalúan en otros despachos, bajo otras banderas. Alguien que le diga a la procuradora que, es tiempo de “hilar fino”.
Y aquí es donde pretendo que la metáfora se vuelva advertencia.
En
el pueblo del coronel, la dignidad se sostenía con la promesa de un gallo de
pelea. En el nuestro, la soberanía se sostiene con equilibrios delicados. Cuando una oficina como la DEA cierra sus
puertas, no solo se apagan luces; se encienden interrogantes.
¿Es un gesto temporal?
¿Es
una señal?
¿Es
un mensaje cifrado para quienes administran justicia con mano firme?
No se trata de claudicar ni de gobernar con miedo. Se trata de recordar que el poder, como el café fuerte, debe servirse en la medida justa. Un sorbo de más puede quitar el sueño a toda la casa.
Al presidente Luis Abinader le corresponde, por mandato constitucional y prudencia política, calibrar el pulso de la nación en el concierto internacional. A la procuradora, custodiar el equilibrio entre la ley y la proporcionalidad. Ambos saben (porque la experiencia enseña) que los aliados no siempre hablan en voz alta; a veces sus decisiones administrativas dicen más que un discurso.
Si el coronel hubiera aceptado antes la ausencia de la carta quizá habría sembrado otra esperanza. Si Santiago Nasar hubiese escuchado los murmullos, tal vez habría cambiado su ruta aquella mañana.
Hoy, la República no puede darse el lujo de fingir sorpresa cuando los acontecimientos ya han sido anunciados en clave (Hubo la denuncia de un coronel, pero su paga fue el maltrato sin consideraciones para él ni para su familia). Porque si no se pone el barba en remojo (como aconseja la sabiduría popular), el exceso cometido contra uno (caso Jean Alain) puede ser apenas una coma en el párrafo que otros están dispuestos a escribir. Y las cartas, cuando finalmente llegan, no siempre traen buenas noticias.
Pero imagínense,
¿Qué puede saber este
ignoto samanes, estudiante de derecho y cocolo come coco, acerca de DEA, Lawfare,
Exceso de Poder, Venganza desmesurada, Corrupción holística, justicia divina de
doble vía, atalaya de nación o venta de soberanía?
Los que saben de eso, que hagan su trabajo.
Hablamos ahorita.
S. M. Shephard
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