Improvisación, Caos y Orgullo Rectificatorio

En toda sociedad, la planificación gubernamental debería responder a la lógica de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, especialmente cuando se trata de decisiones que impactan directamente la cotidianidad de miles de familias. Sin embargo, en nuestra amada República Dominicana, una medida reciente ha expuesto los riesgos de la improvisación como práctica de gobierno: la imposición de que los servidores públicos se presenten a sus lugares de trabajo en un horario retador; a las 7:30 de la mañana.

Lo que en apariencia buscaba generar mayor eficiencia laboral se ha convertido en un laboratorio social de caos, donde la improvisación se impuso por encima de la reflexión técnica. En lugar de resolver un problema, el gobierno lo trasladó media hora antes del inicio formal de la jornada, creando un efecto dominó que afecta no solo el transporte, sino también la vida familiar y escolar. Con esta acción podríamos escribir un libro, sugiero que el titulo pudiese ser; El traslado del desorden: del reloj al asfalto.

El resultado inmediato de esta medida ha sido un colapso en el tránsito urbano: las avenidas principales se saturan más temprano, los choferes se ven forzados a alterar sus rutinas y los padres a dejar a sus hijos en centros educativos en horarios poco recomendables. La improvisación gubernamental no consideró que este “adelanto” expondría a niños y adolescentes a permanecer en entornos inseguros, mientras sus padres se ven obligados a cumplir con un mandato rígido y desconectado de la realidad social, un mandato que no recibió contrapropuestas sesudas y consensuadas. El caos no desapareció: se desplazó. Y al desplazarse, arrastró consigo la tranquilidad de las familias, la seguridad de los escolares y la salud mental de los servidores públicos. En la actualidad, la medida conduce a un deterioro invisible, en la cual la calidad de vida muestra retroceso. La calidad de vida no se mide únicamente por indicadores económicos; también se mide por el tiempo disponible para la familia, el descanso y la conciliación entre la vida laboral y personal. Al imponer esta medida sin planificación, el gobierno colocó sobre los hombros de los servidores públicos una carga innecesaria: menos horas de sueño, mayor exposición al estrés y menor margen para manejar imprevistos familiares.

En contraste, una política más inteligente hubiera sido impulsar el teletrabajo en áreas compatibles, una alternativa que ya demostró su eficacia en tiempos recientes, si no, díganme de todos los logros alcanzados en pandemia. De igual modo, sería interesante retomar la salida laboral a las 3:00 p.m.  para los servidores públicos, salvos algunas entidades estratégicas. Esto permitiría descongestionar el tránsito en horas pico y, al mismo tiempo, contribuiría a un balance más humano en la vida de quienes sostienen la maquinaria estatal. Pero este desafío no ha de ser sencillo y mucho menos viniendo de un desconocido que tiene como hobbies escribir su realidad. Existe un Orgullo rectificatorio en los “funcionarios” no funcionales que acompañan al Excelentísimo en su gestión. No son ni siquiera “YES SIR”, la soberbia de no admitir errores les supera, aunque lean que un simple campesino le manifieste críticas constructivas. Lo más alarmante no es la improvisación en sí, sino el orgullo nefasto con que las autoridades se aferran a una decisión claramente desacertada. Reconocer un error no es debilidad, es grandeza política. Aplicar medidas rectificatorias no significa perder autoridad, significa fortalecerla a través de la sensatez y la empatía. Sin embargo, lo que se observa es una actitud de negación, una resistencia a rectificar que prolonga el caos y erosiona la confianza ciudadana.

El “orgullo rectificatorio” se convierte, entonces, en el verdadero enemigo del bienestar colectivo: un muro que impide corregir lo que está mal y avanzar hacia un modelo de gestión más racional, realizar un “verdadero cambio”. En días pasados conversaba con una profesional de experiencias comprobada, experta en gerencia, organización y normas (Una Líder organizacional), quien a su vez me hizo recordar la importancia del “enfoque a resultados” versus el cumplimiento de horarios. Esa conversación impulsó a manifestarle: “hoy le amo más que ayer” y su trato me motivó a la redacción del presente texto; “Quien hace lo que debe, no está obligado a más”. Es tiempo de que los servidores públicos de mayor jerarquía den el paso del descabellamiento a la sensatez. La improvisación, el caos y la soberbia forman un triángulo destructivo que golpea la estabilidad social. La medida de adelantar el horario de entrada de los servidores públicos a las 7:30 a.m. no ha generado eficiencia, sino desorden y malestar generalizado. Persistir en ella es insistir en un error que debilita la confianza en las instituciones y, peor aún, sacrifica la calidad de vida de quienes ya enfrentan múltiples dificultades. El llamado sensato sería a replantear esta política, abrir espacios de diálogo con los propios servidores y aplicar medidas rectificatorias que muestren que el gobierno no solo escucha, sino que también rectifica cuando es necesario. Porque la verdadera fortaleza de un Estado no está en imponer medidas a la fuerza, sino en gobernar con inteligencia, previsión y respeto por su gente.

 

Hablamos horita.

 

S.M Shephard


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