He Aquí El Fallo De Nación. RD: Despierta
He
aquí el fallo de Nación. No está en los palacios, ni en los
ministerios, ni en los tribunales. Está en el corazón mismo de nuestra Carta
Magna, en el alma constitucional que debió servir de escudo contra la
improvisación, la corrupción y la mediocridad, pero que, por el contrario,
abrió las compuertas a todos los males que hoy nos ahogan como país. El fallo
de la Nación está escrito (sin pudor y con la complicidad del tiempo) en los
artículos 79 y 82 de la Constitución de la República Dominicana.
El primero, el artículo
79, establece los requisitos para ser Senador: tener al menos 25 años de edad,
gozar de los derechos civiles y políticos, y haber residido en la demarcación
por lo menos cinco años. El segundo, el artículo 82, impone requisitos
similares para ser Diputado. Nada más. Ni formación académica, ni preparación
jurídica, ni experiencia pública comprobada. Con esas líneas (tan cortas como
peligrosas) el país firmó su propia sentencia de retroceso.
Y es que ese “detalle
técnico” de nuestra Constitución es, en realidad, una bomba moral y social de
largo alcance. Porque de allí se desprenden, como ramas podridas, los errores
legislativos, las incoherencias jurídicas, las leyes aprobadas sin estudio y
las reformas penales y fiscales que mutilan derechos fundamentales. ¿Cómo exigir sensatez legislativa de
quienes no han sido formados para comprender los alcances de una ley? ¿Cómo esperar ética pública de quienes
conciben el Congreso como una plataforma de poder y no como una institución de
Estado? No escapa al razonamiento, la existencia de asesores con
conocimientos legislativos, ese hecho es uno de los mayores sustentos para el
presente escrito.
En pleno siglo XXI,
resulta inaceptable que un país que aspira a desarrollarse mantenga intacta una
estructura constitucional que permite que cualquier ciudadano, sin preparación
ni criterio técnico, ocupe un curul para redactar o aprobar las leyes que
determinarán el destino de millones. En la antigua Roma, el título de Senador
(il senatore) era una dignidad reservada a quienes habían agotado un
largo camino de méritos: formación filosófica, experiencia política, servicio
público y reputación irreprochable. Ser senador era una consagración de
sabiduría y virtud. Hoy, en cambio, basta con tener dinero, respaldo partidario
y una cuota de poder para ocupar el escaño más alto del Congreso.
En Estados Unidos, por
ejemplo, los candidatos al Congreso deben someterse a un riguroso escrutinio
público y político. Si bien los requisitos formales son simples, en la práctica
el electorado y los partidos demandan niveles de educación y experiencia
profesional que garanticen competencia legislativa. En países europeos como
Alemania o Francia, los miembros del Parlamento, además de contar con formación
superior, se someten a controles éticos y de transparencia antes y durante su
gestión. Incluso en democracias latinoamericanas emergentes, como Chile o
Uruguay, la cultura política exige que el legislador tenga una formación acorde
con las funciones del cargo.
Nosotros, sin embargo,
seguimos creyendo que la política es un oficio que se improvisa. Que el
Congreso es un botín de los partidos y no una institución sagrada del
pensamiento jurídico y social. Y esa ignorancia institucionalizada (avalada por
nuestra Constitución) ha sido la madre de todos nuestros fracasos:
Ø La falta de educación,
porque quienes legislan sobre educación desconocen la pedagogía y la gestión
pública.
Ø La corrupción administrativa,
porque quienes deben fiscalizar no entienden los marcos legales de control y
rendición de cuentas.
Ø Los
desaciertos presidenciales, porque un Congreso débil y complaciente
cede sus facultades constitucionales a un Ejecutivo que actúa sin contrapeso.
He
aquí el fallo de Nación. No es un simple error técnico. Es un
crimen constitucional que ha convertido el Congreso en un mercado de favores y
no en una casa de leyes. Es la causa estructural de nuestra anemia
institucional, de nuestras leyes contradictorias, de nuestros códigos penales
con errores grotescos, y de una justicia que depende de la voluntad política y
no del imperio del derecho.
Es tiempo de decirlo con
valentía: la República Dominicana
necesita una reforma constitucional urgente que eleve los requisitos para
legislar. No se trata de excluir al pueblo, sino de dignificar su
representación. Quien pretenda ser Diputado o Senador debe demostrar
preparación jurídica, ética probada y conocimiento del Estado. No podemos
seguir entregando el poder de legislar (que es el poder de crear o destruir naciones) a la improvisación, al
populismo o al clientelismo. Como está nuestra nación en valores, inmigración, invasión
pasiva, intelectualidad, u otros, es por el fallo de nación.
Modificar los artículos
79 y 82 no es una cuestión de tecnicismo; es una cuestión de supervivencia
nacional. Mientras sigamos permitiendo que la ignorancia redacte nuestras
leyes, el futuro seguirá escribiéndose con los errores del pasado. Si los que están
no lo entienden ni quieren aplicarlo; es tiempo de referendo.
He
aquí el fallo de nación.
Pero también, he aquí la
oportunidad de corregirlo. Que esta generación no repita el crimen de la
complacencia. Que tengamos el coraje de levantar una Constitución que premie la
sabiduría y no la influencia, la preparación y no la fortuna. Solo así podremos
hablar, con dignidad, de una patria verdaderamente libre, justa y civilizada.
Hablamos ahorita
Samuel Mercedes Shephard
Comentarios
Publicar un comentario
Muchas gracias. Cuéntanos tu experiencia, Síguenos y comparte nuestro contenido.