La Inoculación que nos Asecha; Desde Hondura a RD
El Temor, aunque suele
verse como una emoción negativa, en ocasiones cumple una función vital:
alertarnos ante el peligro. Los oradores profesionales renombran este término y
en vez de usar miedo o temor, dicen tensión. En este caso, el Temor debe ser considerado
como una vacuna social, una alarma preventiva frente a los síntomas de una
enfermedad política que se ha propagado en gran parte de América Latina: la
corrupción y el narcotráfico infiltrando las estructuras del poder.
En los últimos años,
varios expresidentes de Centroamérica y Suramérica han sido requeridos en
extradición por los Estados Unidos, acusados de vínculos con el narcotráfico y
el lavado de activos. Desde Honduras (Juan Orlando Hernandez-2022) hasta
Guatemala (Adolfo Portillo), pasando por Panamá (M. A. Noriega) y llegando a
países sudamericanos, la lista de mandatarios involucrados en escándalos
internacionales ha crecido con un ritmo alarmante. Estas realidades no solo
muestran el poder corrosivo del crimen organizado, sino también la fragilidad
de las instituciones políticas cuando se relajan los mecanismos de control,
transparencia y ética pública.
La situación puede
entenderse como una epidemia moral. El contagio comienza de manera silenciosa:
una donación dudosa aquí, una alianza conveniente allá, una omisión ética en
nombre de la “estrategia política”. Poco a poco, los anticuerpos
institucionales (la justicia, la prensa libre, la rendición de cuentas) se
debilitan, y el virus de la corrupción se instala en el sistema político.
Cuando finalmente aparecen los síntomas (investigaciones internacionales,
sanciones, extradiciones) ya es demasiado tarde para el tratamiento.
En este contexto, la partidocracia dominicana, el gobierno y
los dirigentes políticos, al parecer, no están mirando con cautela y humildad
lo que ha ocurrido y ocurre en el vecindario (Bella Venezuela). El espejo
latinoamericano muestra una advertencia que no puede ignorarse: el poder sin
control degenera, y la impunidad se convierte en incubadora de males mayores.
Por
ello, la prevención debe ser el tratamiento. Implica reforzar
la ética en la formación política, blindar las campañas electorales contra el
financiamiento ilícito, establecer una fiscalización real de los patrimonios
públicos y privados de los funcionarios, y garantizar la independencia de la
justicia. La prevención también exige valentía moral: rechazar las lealtades
cómplices dentro de los partidos y colocar el interés nacional por encima del
interés de grupo.
El Temor, en este caso,
no debe paralizar. Debe servir como vacuna: una conciencia colectiva que
inmunice al país contra el contagio que ya ha arrasado con gobiernos enteros.
Si se ignora esta lección, la República Dominicana podría un día aparecer en
los titulares que hoy vemos de otras naciones: con expresidentes prófugos,
extraditados o condenados. Hoy padecemos del amargo trago de Diputados,
Regidores, alcaldes, funcionarios, políticos u otros, que ya han sido
requeridos en extradición. Si no atacamos la infección, el palacio en la Av. México,
será salpicado. Ayer Fue Quirino, hoy; medio Santiago, mañana; Sr. Presidente,
que no sea usted.
El Temor, bien entendido,
es sabiduría. Y la prevención, en política, es la única medicina capaz de
preservar la dignidad de un pueblo y la credibilidad de su democracia. Jonás profetizó
destrucción para Nínive y el rey tuvo visión y ordenó el arrepentimiento de la
nación y Dios, modificó su destino. Si hoy los dominicanos no prestamos
atención a las revelaciones que nuestro entorno nos da a diario, pueda ser que
mañana, la DEA no sea tan misericordioso como el eterno DIOS.
Hablamos ahorita
S.M. Shephard
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