Con Poder Para Controlar E Incomodar, Pero Eligió El Descrédito Y El Silencio
En una
democracia constitucional, los órganos de control no están llamados a agradar,
sino a incomodar. Su razón de ser no es la complacencia ni la discreción
excesiva, sino la vigilancia firme del uso de los recursos públicos. En la
República Dominicana, la Cámara de Cuentas es, en teoría, uno de los pilares
fundamentales del sistema de pesos y contrapesos. En la práctica, sin embargo,
su accionar no tan reciente obliga a una reflexión profunda, urgente y
revolucionaria por parte de la ciudadanía.
Un órgano que debía auditar con rigor el uso de miles de millones
de pesos del erario, terminó siendo auditado moralmente por la opinión pública.
Las pugnas internas del Pleno, las acusaciones de obstrucción, la
judicialización de conflictos internos y la lentitud extrema en la emisión de
informes provocaron un daño profundo: la
ciudadanía dejó de percibir a la Cámara de Cuentas como un ente técnico y
autónomo, y comenzó a verla como un espacio de disputas personales y
cálculos políticos.
Durante
esos cuatro años, el país fue testigo de:
a)
Auditorías cuasi inexistentes y las realizadas, con
retardos en publicarse.
b)
Informes engavetados o sin consecuencias prácticas.
c)
Exceso de “coordinación” con el Ministerio Público.
d)
Falta de pedagogía institucional sobre el alcance de
los hallazgos.
e)
Uso reactivo, y no estratégico, de las atribuciones
constitucionales.
El resultado fue
devastador: la fiscalización perdió fuerza simbólica, y el mensaje implícito
fue peligroso (que el control puede esperar, que la rendición de cuentas no es
prioritaria, que la vigilancia del gasto público es negociable).
Pero los
desaciertos no se detienen, la conformación del nuevo Pleno para el período
2024-2028 se presentó como una oportunidad para recomponer la institucionalidad
y restaurar la confianza ciudadana. Sin embargo, el proceso de selección estuvo
rodeado de cuestionamientos que no pueden ignorarse.
La ciudadanía percibió un procedimiento más político que
meritocrático, más opaco que deliberativo, más formal que sustantivo. A pesar
de los discursos sobre transparencia, persistió la sensación de que el Congreso
actuó bajo lógicas tradicionales: repartos, consensos cerrados y poca rendición
de cuentas sobre los criterios reales de escogencia.
El problema no radica únicamente en los nombres designados, sino
en lo que representan: una continuidad
cultural. Una Cámara de Cuentas que parece concebida como un órgano
administrativo más, y no como el verdadero guardián del patrimonio público.
Existe un
problema de fondo; La Constitución dominicana no concibe a la Cámara de Cuentas
como un ente decorativo ni subordinado. Le otorga autonomía funcional,
administrativa y presupuestaria, así como la responsabilidad de ejercer el
control externo de los recursos públicos (Artículo 248 de la
Constitución).
Sin embargo, la práctica demuestra que muchos de sus miembros desconocen o no asumen la magnitud de ese poder.
No se trata de un poder político partidario, sino de un poder institucional
capaz de:
a)
Incidir directamente en la lucha contra la corrupción.
b)
Fortalecer la transparencia del Estado.
c)
Disuadir el mal uso de fondos públicos.
d)
Contribuir a la seguridad jurídica y a la confianza
democrática.
Cuando el Pleno
actúa con timidez, con temor al conflicto o con excesiva deferencia hacia otros
poderes del Estado, renuncia (de hecho) a su rol constitucional. Y cuando eso
ocurre, el daño no es interno: lo paga la sociedad entera.
Hay que movilizar
la presión y vigilancia ciudadana. La Cámara de Cuentas no puede fortalecerse
en el vacío. Su legitimidad depende, en gran medida, de la vigilancia activa de
la ciudadanía, de los medios de comunicación, de la academia y de la sociedad
civil organizada.
El ciudadano dominicano debe comprender que la rendición de
cuentas no es un favor, sino un derecho. Que exigir auditorías oportunas,
informes claros y consecuencias reales no es antipatriótico ni
desestabilizador: es profundamente democrático.
Hoy más que nunca, se impone un llamado de atención colectivo. No
basta con cambiar rostros cada cuatro años si la cultura institucional
permanece intacta. La Cámara de Cuentas debe dejar de ser un órgano silencioso,
temeroso o burocrático, y convertirse en lo que la Constitución quiso que
fuera: un poder de control real, incómodo
y respetado (Artículo 248 de la Constitución).
Si el Pleno de la Cámara no asume ese rol, la ciudadanía tiene la obligación
moral de recordárselo. No es tiempo de bobadas, disque “OJO CIUDADANO”. Eso parece más una distracción que, un
empoderamiento real para crear un plan de auditoria serio, contundente y alcanzable.
Es obligatorio llamar atención de la cámara e interpelarla al cumplimiento de
sus funciones.
Porque cuando el órgano que debe vigilar falla, lo que está en
juego no es solo el presupuesto público, sino la confianza en la democracia
misma.
Pero imagínense,
que puede saber este ignoto, estudiante de derecho y cocolo come coco, acerca
de la transparencia y control externo del estado.
Los que saben,
que hagan su trabajo.
Hablamos ahorita.
S. M. Shephard
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