Cuando El Poder Gobierna Para Pocos
¿Para
quién se gobierna realmente?
Es simple y brutal. Esa es la pregunta que arde en las calles, en los barrios, en los campos, en las escuelas de derecho y en los hogares dominicanos.
Hay una herida abierta que atraviesa la República Dominicana de hoy. No es una herida nueva, pero sí cada vez más profunda. Es la fractura entre el discurso democrático y la práctica real del poder; entre una Constitución que proclama dignidad, igualdad y soberanía popular, y una realidad donde los gobiernos parecen haber decidido gobernar para los ricos, dejando al pueblo a la intemperie de la desigualdad, la desesperanza, el entretenimiento demagógico con nimiedades proselitistas y el olvido.
Cuando los dirigentes políticos convierten el Estado en un administrador de privilegios, la democracia deja de ser una promesa colectiva y se transforma en un negocio privado. Se legisla para el capital concentrado, se gobierna para las élites económicas, se privilegia con pensiones jugosas, se negocia el futuro nacional en mesas cerradas donde el pueblo no tiene silla ni voz.
Mientras
tanto, el ciudadano común enfrenta salarios insuficientes, servicios públicos
precarios, un sistema de salud que excluye, trabas para los emprendedores nacionales, una educación que no emancipa y una
justicia que parece llegar tarde (o no llegar) cuando el poderoso está de por
medio. ¿Será que somos un estado
capturado por intereses?
Los
artículos 4 al 7 de la Constitución dominicana no son poesía jurídica ni
adornos simbólicos. Son un mandato claro y vinculante. La Carta Magna establece
que el gobierno de la Nación es civil, republicano, democrático y representativo,
basado en la separación e independencia de los poderes públicos, con
funcionarios responsables que no pueden delegar ni traicionar sus atribuciones.
Más aún, el artículo 5 es contundente: la Constitución se fundamenta en el respeto a la dignidad humana y es la norma suprema del Estado. Todo acto que la contradiga es nulo de pleno derecho. Entonces surge la gran contradicción de nuestro tiempo:
¿Cómo puede llamarse democrático un Estado que tolera la exclusión social?
¿Cómo puede hablarse de dignidad humana cuando el desarrollo beneficia a
pocos y condena a muchos?
¿Cómo puede invocarse la legalidad cuando los poderes públicos se subordinan a intereses económicos?
La historia enseña una verdad incómoda para el poder: ningún pueblo permanece dormido para siempre. Cuando la Constitución es ignorada por quienes juraron defenderla, el ciudadano no solo tiene derecho a cuestionar, tiene el deber de hacerlo. Es más, cada lector debe correr y memorizar la estrofa número III del himno nacional dominicano.
Hoy, la revolución no se expresa únicamente en barricadas, sino en la conciencia crítica, en la exigencia ética, en la vigilancia activa del poder, en la defensa firme del orden constitucional en teclados y redes a la ausencia de plumas y tintas. Es revolucionario recordarles a los gobernantes que el poder no les pertenece, que emana del pueblo y debe servir al bien común.
La nación no necesita salvadores; necesita gobernantes que entiendan que sin pueblo no hay República, y sin Constitución no hay democracia.
Los que saben de
eso, que hagan su trabajo.
Hablamos
ahorita.
S. M. Shephard
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