Las Trampas de la Reelección en RD, no es por la MANSIÓN

El 06 de agosto del 2024, como una revelación hacia la historia democrática, hicimos uso de la palabra escrita para redactar un artículo titulado; “La Reelección Presidencial en RD Tiene sus Trampas”. https://labibliotecadesamuel.blogspot.com/2024/08/la-reeleccion-presidencial-en-rd-tiene.html. Hoy, un año y unos cuatro meses después, retomamos la visión de nuestra exhortación. Recordamos la frase atribuida al humorista y filósofo popular Luisín Jiménez (“nada puede compararse con el poder”), la cual resuena como una advertencia atemporal. Quienes han probado la dulzura del poder, rara vez desean renunciar a él, y esta tendencia humana se ha manifestado repetidamente en los liderazgos del país, desde legisladores hasta presidentes.

La reelección presidencial y legislativa, más que un simple mecanismo democrático, se ha convertido en un punto vulnerable de la institucionalidad dominicana: terreno fértil para ambiciones personales, divisiones internas, crisis políticas y, en ocasiones, para el resquebrajamiento de la confianza pública y no como una intención de la continuidad de un proyecto de nación. Al día de hoy, el marco constitucional dominicano (limitando a dos los períodos consecutivos y promoviendo la alternancia) está diseñado para evitar que el poder se conciba como un patrimonio personal y para garantizar que la renovación política sea una realidad y no un ideal vacío.

Un repaso del artículo del 06/08/2024, con relación a las últimas décadas, demuestra que, en un patrón que se repite, aun cuando cada presidente ha tenido luces y sombras, los intentos de continuidad suelen traer consecuencias que trascienden a cualquier líder individual:

Leonel Fernández (1996-2000,2004-2012). Su figura marcó una etapa de modernización y crecimiento económico. Sin embargo, también enfrentó fuertes críticas por la centralización de poder, denuncias de corrupción (Odebrecht, carretera de Samaná, CEA e ingenios) y un persistente deseo de retornar al mando, lo que generó divisiones y desconfianza en el sistema. Hipólito Mejia (2000-2004). Recordado por la crisis bancaria de 2003 y por promover una reforma constitucional para su propia reelección, debilitó la confianza ciudadana y sufrió las consecuencias políticas de esa apuesta. Danilo Medina (2012-2020). Con un inicio de gobierno bien valorado, terminó su segundo periodo entrando en la historia como otro caso donde la reforma constitucional y las denuncias de uso de recursos públicos para retener poder provocaron fracturas partidarias, conflictos institucionales y un desgaste que culminó en su salida del gobierno.

Las campañas reeleccionistas han sido acompañadas de acusaciones de: uso irregular de recursos públicos, participación de financistas con recursos de origen dudoso, persecuciones judiciales con sesgo político, presiones económicas a sectores opositores, manipulación o chantaje institucional, impunidad frente a casos de corrupción emergentes (Senasa, Medio Ambiente, Hacienda, y procesos de extradición vinculados a grandes donantes de las campañas políticas). Aunque la ciudadanía ha seguido ejerciendo su derecho a elegir, estas señales no deben ser minimizadas. El problema no es solo la relección con sus trampas. La experiencia dominicana muestra un patrón innegable:

Los primeros mandatos suelen ser los mejores y los segundos, los peores.

¿Por qué? Porque la reelección seduce a los gobiernos a: flexibilizar o ignorar reglas, tolerar o encubrir corrupción para asegurar apoyos, dividir sus propios partidos, debilitar instituciones para garantizar control, gobernar para la campaña en lugar de gobernar para la nación. Y cuando un gobierno cae en estas trampas, no solo pierde legitimidad:
arrastra consigo su legado y deja una estela de crisis institucional que otros deben reparar.

El verdadero llamado no es a un presidente en particular, sino a todos los actores públicos y, sobre todo, a la ciudadanía dominicana, cuyo rol como contrapeso es indispensable:

La vigilancia constante es el antídoto natural al abuso del poder. La crítica responsable es una forma de patriotismo. El respeto a la Constitución no debe depender de quién gobierna. La transparencia no puede ser negociable. La justicia no puede ser selectiva. Un país que normaliza la reelección como herramienta de autopreservación y no como mecanismo de continuidad responsable se expone a un retroceso democrático que nadie desea. El poder es prestado, no heredado. Los dominicanos han visto repetirse estas historias demasiadas veces. Por eso, la lección permanece vigente.

Quien gobierne, debe recordar que el mandato es temporal, condicionado y vigilado.
La reelección (cuando se busca o cuando se ejerce) es un terreno minado para la institucionalidad, y solo la moderación, el respeto a la ley y la escucha activa al pueblo pueden evitar que un gobierno termine devorado por las mismas trampas que acecharon a sus predecesores. La historia dominicana no necesita otro ejemplo de cómo el deseo de mantenerse en el poder conduzca a la destrucción del estado y dejar al país sobre cuatro block. Lo que necesita es el ejemplo contrario. Para los ciudadanos, no es tiempo de desperdiciar tiempo analizando el show de LA MANSIÓN DE LUINNY o LA CASA Del INNOMBRABLE, como ciudadanos responsables, es tiempo de estar atento y exigir al gobierno; el cumplimiento, cuidado y respeto de la Constitución, el cumplimiento de las leyes, el respeto a la patria, incentivar la producción nacional, cuidar el patrimonio, retomar el progreso, erradicar la demagogia. Está dicho.

Pero yo ¿qué sé de política?

Hablamos ahorita.

S.M. Shephard


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